Hace un tiempo acompañé a una paciente brasileña, embarazada de 9 meses, a un reconocido hospital de la zona. Ella ya había ido antes con otra traductora, pero solo le traducían. No la defendían y el trato que recibía era, simplemente, inhumano.

Cada vez que iba a sus consultas (kenshin), las enfermeras la trataban mal. tenia que ir a dos consultorios externos (gairai) y en ambos la trataban mal por no entender japonés . La asistente social se burlaba de ella porque no había juntado todo el dinero para el parto y porque no sabia japonés , a una semana de dar a luz. Mi clienta, embarazada, sola y con miedo, solo lloraba.

Cuando entré con ella, vi la situación y supe que había que poner un alto. Llamé al departamento de Somuka (servicios al paciente) y puse una queja formal. No me fui por las ramas.

«Ella tiene miedo de dar a luz en un hospital donde la maltratan», les dije.

Luego, junto con Somuka, nos reunimos con la asistente social. En medio de la reunión, ella volvió a reírse. Mi clienta, a mi lado, rompió a llorar. Fue entonces cuando le dije, cara a cara y sin titubear:

«Pare de reírse. Para usted puede no ser una burla, pero para ella lo es. Contrólese. Está embarazada y este hospital está para atender a cualquier persona, no para humillarla.»

Silencio total.

Después de hablar con la paciente y ver su miedo, tomé una decisión que sabía que era un tiro al aire en el rígido sistema japonés. Pero ya no me importaba.

«Ella no va a dar a luz aquí. No se va a internar por culpa del maltrato que ha recibido. Busquen otro hospital y dennos la carta de derivación (紹介状).»

Sabía que era casi imposible. Todo en Japón se programa con semanas de antelación. Pero me puse fuerte.

Los de Somuka fueron a hablar con la doctora. Cuando volvieron a llamarnos, entramos a la sala y allí estaba: la doctora, la supervisora de ginecología (Shicho), Somuka, enfermeras… y también la otra enfermera que había maltratado a mi clienta, que la paciente me señaló en ese mismo momento.

La doctora, tratando de calmar las aguas, le preguntó directamente a mi clienta: «¿Por qué no quieres dar a luz aquí?»

Entre lágrimas, ella respondió con una honestidad que heló la sala: «Tengo miedo.»

«¿Miedo de qué?», preguntó la doctora.

Y su respuesta fue un golpe para todos: «De todos ustedes.»

Ahí ya no había vuelta atrás. Miré a la doctora y le dije:

«Por el mal trato de esa enfermera (señalándola) y de la asistente social, ella no se va a internar aquí. Queremos la carta de derivación.»

La doctora respondió lo esperado: «A estas alturas es imposible conseguir otro hospital.»

Entonces miré a la doctora y le solté la verdad con toda calma:

«Si le vienen los dolores, llamaré al 119 y la ambulancia tendrá que llevarla a un hospital cercano. Así no dará a luz aquí.»

Sabía perfectamente lo que decía. En una emergencia, la ambulancia no pregunta de qué hospital viene. La llevan al más cercano. Ese argumento no tenía vuelta.

Salimos unos minutos. Cuando nos llamaron de nuevo, la doctora había cambiado. Con un tono completamente diferente, dijo:

«Pido disculpas por lo que pasó. Lo siento de verdad. Yo misma la voy a operar.»

La supervisora de internamiento también pidió disculpas y añadió: «No se preocupe por el idioma. Usaremos el traductor del teléfono para que se sienta tranquila.»

Mi clienta ya estaba aceptando. Pero yo no había terminado.

«La enfermera que está ahí dentro, que salga y pida disculpas. Y que venga la asistente social y lo haga también, aquí y ahora.»

Los de Somuka corrieron a llamarlas. Y vinieron. Y se disculparon.

Habían pasado casi 6 horas. Seis horas de lucha, de no callarme, de poner en su lugar a un sistema que a veces aplasta a los más débiles.

¿El final? El bebé nació sano. La mamá pudo internarse tranquila, dio a luz sin miedo, y al salir de alta, pagó en partes. No les quedó otra opción que aceptar.

Mi opinión: Con tantos años de experiencia, sé que las cosas pasan por algo. Pero no pasan porque sí. Pasan para que alguien las enfrente. Y en ese camino, hasta lo más difícil siempre trae algo bueno. En este caso, trajo un parto digno, una madre que se sintió protegida y un bebé sano que nació en un ambiente de respeto, aunque tuvimos que pelear por él. Mi secreto: la insistencia…..

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